Personalidad y Mensaje, Federico Ruiz OCD

PERSONALIDAD Y MENSAJE

(CF. Federico Ruiz, Místico y Maestro)

Tuvo en vida una audiencia intensiva y limitada. Fue carmelita contemplativo, eficaz y sin brillo, enemigo de altos cargos y poco dado al trato social. No da espacio en sus escritos a las grandes gestas de la historia contemporánea. Impasible frente a los acontecimientos rumorosos, es un fino observador de Dios y del hombre que se mueven por la vida. Observador, resonador, intérprete. No hace gestos, pero vive con pasión: ama, obra, escucha, sufre, calla, escribe. Por extraño destino, se ha convertido en una de las figuras representativas de la hispanidad, del cristianismo, de la humanidad. (p. 7)

No suple la lectura de otros autores, ni tampoco se deja sustituir por ellos. No dice todo, pero sí explica de manera original y estimulante algunas cosas esenciales. (p. 9)
Una vocación absorbente atraviesa su existencia de principio a fin, en profundidad y anchura: la vocación religiosa contemplativa. Contemplación quiere decir: atracción radical y búsqueda de Dios, que concentra todo el ser y vivir de una persona creyente en la comunión con Él, y desde Él con personas y cosas. Fray Juan es contemplativo por gracia, por naturaleza, por especial cultivo y dedicación.

Semejante concentración unifica la rica personalidad humana y religiosa del santo; la potencia a la vez que le impone opciones exigentes. Pero no le ahorra oscuridades su vivir unificado. Posee dos cualidades de las personas muy vocacionadas: un poderoso instinto de orientación, que le hace encontrar el camino en medio de la ambigüedad y el riesgo; y una voluntad firme, capaz de rupturas y de fidelidad penosa. Ha tenido que descubrir y realizar su destino por un sendero accidentado en que cada etapa es original e imprevisible. Consigue forjar una existencia eminentemente libre y original con materiales en su mayor parte impuestos por personas y circunstancias. (p. 13-14)

Su verdadera escala de valores vitales y de trabajo efectivo: sigue orden de importancia: 1) vida personal y comunitaria de religioso carmelita, con todas las implicaciones de piedad, retiro, servicios, trabajos manuales; 2) funciones de gobierno y formación directa de los religiosos, que tuvo encomendadas durante toda su vida; 3) Confesión y dirección espiritual entre las monjas carmelitas y también con los seglares; 4) por último, escribir cosas de espíritu, cuando le quedaba tiempo y ganas. (p. 29)

Y no está demás recordar que la solución decisiva no está en el orden material de la lectura, sino en la fidelidad del esquema mental. Cuando una sabe que, para el santo, el desarrollo de la vida teologal sigue el ritmo: amor inicial –renuncia- encuentro, no tiene por qué asustarse, aunque empiece leyendo páginas duras sobre la renuncia. Sabe que en realidad ésta viene como fruto del amor. (p. 42)

Hasta el ritmo histórico de su existencia externa parece que sigue la misma alternancia de los escritos, entre la experiencia y la reflexión: de los estudios de Medina al noviciado; del noviciado a la universidad de Salamanca; de Salamanca a la soledad de Duruelo; de la soledad al colegio de Alcalá; de nuevo a la desnudez de la cárcel; del retiro a la universidad de Baeza… Es un místico y es teólogo en un trenzado perfecto a lo largo de toda su vida. (p. 52)

Omisiones llamativas:
– Misterios de la vida terrestre de Cristo y María
– Los sacramentos
– La práctica de la caridad fraterna
– Formas y grados de oración
– Grados y aplicaciones delas virtudes morales (p. 62)

Pero en Juan de la Cruz la unión de amor no es sólo meta, sino también principio, y además impulso y guía del caminar. Por la unión hay que empezar siempre, seguir y terminar, si queremos respetar su ritmo de vida y entender su línea de pensamiento. Con el breve texto citado (L 3, 82) nos situamos de golpe en el centro de su mundo espiritual. La unión con Dios es totalidad de vida y entrega mutua, comunión vehemente. No tiene el significado frío que a veces se le atribuye en teología, filosofía o historia de las religiones… Unión de amor quiere decir: pasión de Dios por el hombre y pasión del hombre por Dios. (p. 69)
Ni que decir tiene que tuve que tratar los temas de la nada, del vacío y dela oscuridad –una terminología negativa que llena las páginas de los místicos- y llegué a la conclusión de que la nada mística (y en particular la aparentemente negativa no-acción) es dinamita. Es la fuerza que mueve el universo y crea revoluciones en las mentes y en los corazones humanos. Pues la nada mística, convenientemente entendida, prepara el camino para la acción dinámica de la gracia. ‘Cuando soy débil entonces soy fuerte’, exclamaba Pablo. Y nunca dijo palabras más verdaderas (Citando a W. Johnston, El ojo interior del amor, Madrid 1984, p. 7) (p. 86)

La nada no se refiere a los objetos, sino a la comunión teologal, que queda destruida con esa afición egoísta e independiente.

El enfoque exacto de la nada es de primordial importancia, pues sobre la nada va a actuar la negación sanjuanista. Si referimos la nada a la historia, las personas, los objetos, todo ello será condenado a la destrucción. Por el contrario, si la nada se refiere a la posesividad independiente con que los quiere utilizar el hombre, entonces será el egoísmo el que tenga que ir a la hoguera, dejando personas y cosas en su plenitud de vida, belleza y valor. (p. 86-87)

Encierra una postura original, de tono teologal y místico. Es un modo particular de percibir e integrar las realidades naturales y sobrenaturales, de entrar en comunión con ellas a nuevos niveles de profundidad. No es rechazo o bloqueo, ni juzgar falsa o sin valor la realidad. La actitud negativa es una forma de comunión con la realidad, que descorteza la realidad opaca hasta llegar a su hondo contenido de vida y verdad. (2S 16, 10; 2S 16, 12; D 15; D 48) (p. 87)

Seguramente el rasgo más sintomático del dinamismo que fray Juan descubre en la vida teologal lo encontramos en el relieve que da a las noches. Las transformaciones decisivas tienen lugar en los tiempos de crisis. Habla más de rupturas que de estados. (p. 100)

El tema de la pedagogía divina implica graves consecuencias en el orden de la acción. Primeramente para el sujeto interesado, que debe aprender desde el principio de la vida espiritual a escuchar y ser dócil al Espíritu Santo. Y también para los maestros espirituales, que fácilmente olvidan que el Espíritu es el principal maestro y guía, no solamente de las almas místicas, sino de todo cristiano que sigue los caminos del Señor. Por no deslindar competencias, tiranizan a las almas, quitándoles la libertad de los hijos de Dios (L 3, 59) (p. 106)

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